"Decidí que, de todos mis oficios terrestres, el violento oficio de escritor era el que más me convenía"
Rodolfo Walsh

domingo, 16 de mayo de 2010

Cuento de domingo

Los Lunares de Isabel

- Vamos a un show. Y me siento en una butaca roja, en el palco. Y a los quince minutos, ¡plaf!, el tipo me agarra del brazo…

- No me hables en presente histórico. Esa manía que tenés de contar todo como en estado hipnótico… Encima mirás abajo a la derecha, después arriba a la izquierda como si mirar el techo te ayudara a recordar…

(Y encima no deja de mover las manos, y ahí se prende otro porque le molestó mi observación; y se calla y me mira con esos ojos pintarrajeados; y se le caen las ceniz
as en las sábanas; menos mal
que ya me voy)


- Últim
amente te molesta todo, poneme una media en la boca, hacé lo tuyo y andate.

(No estaría mal, pero ya hice lo mío. Me fumo éste y me las tomo)

- No me mires así Ruli…

(Y
a te dije, detesto que me llames así… no respondo, no, no te respondo eh)

- … Raúl, ¿qué te pasa?


- Nada. No voy a venir más. Tomá.

Dejó la plata en la mesa de luz y se fue con el cigarro en función. Ya era el colmo. Discutir con una prostituta. Hace dos años, siempre con ella. Fiel a una prostituta. Cosa de locos. “Vamos a un show, y me siento en una butaca…” ¿pero qué clase de habla
es esa? “Entonces el tipo me mira y me dice: el otro día, estoy jugando al bowling, y aparece la moza y me cuenta: ayer, estoy trayendo dos cervezas, pasa un tiempo y me tira todo; la cerveza está volando por el aire, y viene el jefe y…” Dios mio. Esta gente y su presente histórico. Todo les está pasando ya, si no fuera por la aclaración anclaje temporal el otro día, hace dos años, ayer. ¿Cómo hacen para contar lo que tienen que hacer mañana? Presente Futuro: Mañana, estoy llevando el auto al mecánico, busco la nena en el jardín, le compro flores a mi mujer… “¡Pero cuantas seguridades che! Cuando se compraron la casa, a estos les regalaron cien mañanas eh.

En vez de alegrarme, relajarme, loqueseame, esta mina me pone de mal humor. No, no voy más. Y que le pague Dios si le debo algo. Aparte, ya todo me era familiar ahí adentro. Los cuadritos de bazar, los sillones felpudos y duros, la administradora, los lunares de Isabel, la boca de Isabel, el pelo pelirrojo de Isabel. Chau Isabel. Chau presente histórico de Isabel. Chau frazaditas baratas y alfombras apestosas.

Los lunares de Isabel. Incontables. Una vez lo intenté, en una que se quedó dormida y dejó de mover las manos. Iba doce hasta que abrió un ojo y se me quedó mirando. Ahí le descubrí otro adentro del ojo verde. Y abrió el otro y se dio vuelta. Y me fui, claro. No vaya a pensar que la miraba dormida, si es una prostituta. Está amaneciendo. Deprimente. Desolador. Magnífico, un café.

- Un café.


Despierta Buenos Aires, espero con ansias otro día tedioso. Asi que Raúl, chau Isabel. Por fin pibe. ¿Qué te decís pibe si vas a cumplir 37? Sí, Isabel te decía como te decía, pero ni vos te la creés.

- El café.


Por fin, estoy que me duermo. ¿Cómo me dijo Isabel la primera vez? Sólo el amor me haría renunciar. Sí, algo así. ¿Y qué le dije yo? ¿Siempre contás lo que nadie te pregunta? Qué duro Raúl, pobre mina. Pero era terca eh, ahí nomás arrancó: mi sueño es este: yo salgo de acá, son las ocho de la mañana, y el me está esperando en frente, porque se enamoró, le costó darse cuenta y reconocerlo, yo lo entiendo eh, y yo también me enamoré, y que se yo, te juro que renuncio. Y como era la primera vez y me gustó, y era la más linda y simpática, le sonreí y me fui pensando en la prostituta que quiere enamorarse o salvarse o qué. Y al mes volví. Hola Isabel. ¿Cómo te acordás mi nombre? Soy memorioso, nada más. Y de nuevo al mes. Y al otro. Y cada dos semanas. Y así.
Y ahora se demasiado de ella. Y ella algo de mí. No podía ser. Aparte, ese presente histórico. No podía ser que el otro día yo mismo, ¡Por Dios, yo mismo!, hablándole así al Turco. ¿Sabés porqué me fui Isabel? Por que te conté trece lunares, sos yeta. No, si hoy te descubrí dos más. Quince lunares, dos pegaditos en el hombro, uno más chiquito color beige. ¿Sos locutor? Tenés una voz preciosa, me dijo la segunda vez. Una media en la boca, ¿cómo me va a decir eso? Bueno Raúl, basta de Isabel.

- Tome, quédese con el vuelto.

Raúl caminó dos cuadras hasta la plaza azul y se sentó en un banco. Ya eran casi las ocho de la mañana. Cuando logró parar el pensamiento interminable de su cabeza, se quedó semidormido. Se despertó a lo cinco minutos buscando una mano y creyendo que habían pasado dos horas. Sin abrir los ojos se reconoció solo en un banco de plaza. Se estiró como para irse hasta que vio acercarse dos largas piernas y un sobretodo negro. Isabel venía sonriendo, con el pelo en un rodete y la cara lavada. Lo miraba y sonreía, paso a paso, y sonreía. Raúl no pudo descifrar porqué se alegró, y cuando ella, sin decirle nada, se le sentó al lado, le descubrió otro lunar atrás de la oreja, siempre tapado por el pelo. La miró sonriendo y pensó
cuántos lunares, Isabel.

"Entrelunas"
Sept. '08

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