"Decidí que, de todos mis oficios terrestres, el violento oficio de escritor era el que más me convenía"
Rodolfo Walsh

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martes, 20 de diciembre de 2011

Mi vida fuimos a volar

Invasión de Palomas en Buenos Aires. Se aconseja no transitar por calles ni veredas, no resguardarse bajo aires acondicionados ni estatuas, evitar permanecer debajo de un árbol. Cómo evitar la ornitosis, esa enfermedad que lo puede convertir en hombre-paloma.

Les temo a las palomas, pero debo aclarar que esto sucede hace pocos años. Desde que han perdido los códigos, la frontera hombre-animal se diluye vuelo a vuelo.
Hace años, de pequeña, disfrutaba alimentándolas en las plazas, me gustaba que se me acerquen y me rodeen, porque, a pesar de la desesperación que les provocaba el maní, eran cautelosas, difícilmente lo tocaban a uno. Tenían códigos.
Las palomas hoy nos acechan. Incluso las políticas de la Ciudad de Buenos Aires han levantado la vista hacia ellas. Proponen traer halcones para frenar esta plaga ruidosa y maloliente. Si bien ya sentimos intimidante la presencia de una paloma en la vereda, porque han decidido ya no correrse ante los pies del humano que viene, con estas noticias, uno las empieza a mirar cada vez peor. Sin ir más lejos, ayer creí ver una paloma embarazada. Por supuesto que un rato antes había visto en la tele una entrevista a un especialista en plagas, que avizoraba el principio de las pestes y casi el fin del mundo. Unos pocos segundos después recordé la figura oval, ¡cierto!
Pero el caso es serio. Quien tenga la posibilidad de pasar por Mitre y Gascón las puede ver colgadas de los cables, alistadas para la última batalla, en una actitud totalmente desafiante hacia el humano. Sonría, las palomas nos están mirando.
Eso fue en Almagro, pero las zonas de alto riesgo son Recoleta, Palermo, Retiro y Microcentro. Yo ahí ni me meto. Si en Almagro soy capaz de ver una paloma embarazada, de Recoleta me sacan patas pa’ adelante.
Además, existe la posibilidad de convertirse, prácticamente, en hombre-paloma. Ornitosis se llama esta enfermedad transmitida por el bicho inmundo. En breve, las claves para prevenir el mal.
Bien, halcones para combatir a las palomas. Las señoras de Recoleta duermen un poco más tranquilas, porque encima adhieren a eso que reza: La paloma torcaza es símbolo de amor, la paloma casera trae, en algunos casos, mala suerte, y una paloma atada de una pata ahuyenta los malos espíritus. En el amor ya no creen, mucho menos en los malos espíritus, pero ¡ay de la mala suerte!
“Temeroso es el halcón -escribe Hans Biederman en el «Diccionario de símbolos»- ante aves mayores que él; en cambio, acecha a los indefensos polluelos para robarlos. Así también los afeminados se acercan a tiernas y jóvenes criaturas y las seducen para viciosas costumbres”. ¡Oiga! Que las palomas al menos no son tan perversas.
Y agrega Biederman: “el halcón designa también el representante de una tendencia dura en la política (exterior) en oposición a la «paloma», convertida en el animal simbólico del movimiento en pro de la paz.”
¿Estamos en conocimiento de que reemplazaremos un animal de paz por uno, prácticamente como dice el autor citado, de GUERRA? Sin olvidar la perversión y las “viciosas costumbres” de las aves “afeminadas”.

Las palomas se volvieron desagradables, ya lo sabemos, pero en 40 años tendremos plaga de halcones, de allí a la destrucción mundial hay un paso. ¿Se preguntó que viene luego para combatir al halcón? No creo que bichos bolitas, más bien felinos de enormes dientes con capacidad de dar enormes saltos. Canguros, quizás. Funcionarios y palomas, os llamo a la reflexión. Si las palomas cedieran un poco en su feroz avanzada contra el humano, y el humano funcionario no sería tan idiota, podríamos vivir en un mundo más ameno. Después de todo, yo prefiero seguir alimentando palomas con maíz que leones con uno mismo.

miércoles, 2 de marzo de 2011

Cabecita Negra

A Raúl Kruschovsky


El señor Lanari no podía dormir. Eran las tres y media de la mañana y fumaba enfurecido, muerto de frío, acodado en ese balcón del tercer piso, sobre la calle vacía, temblando, encogido dentro del sobretodo de solapas levantadas. Después de dar vueltas y vueltas en la cama, de tomar pastillas y de ir y venir por la casa frenético y rabioso como un león enjaulado, se había vestido como para salir y hasta se había lustrado los zapatos.

Y ahí estaba ahora, con los ojos resecos, los nervios tensos, agazapado escuchando el invisible golpeteo de algún caballo de carro verdulero cruzando la noche, mientras algún taxi daba vueltas a la manzana con sus faros rompiendo la neblina, esperando turno para entrar al amueblado de la calle Cangallo, y un tranvía 63 con las ventanillas pegajosas, opacadas de frío, pasaba vacío de tanto en tanto, arrastrándose entre las casas de uno o dos a siete pisos y se perdía, entre los pocos letreros luminosos de los hoteles, que brillaban mojados, apenas visibles, calle abajo.

Ese insomnio era una desgracia. Mañana estaría resfriado y andaría abombado como un sonámbulo todo el día. Y además nunca había hecho esa idiotez de levantarse y vestirse en plena noche de invierno nada más que para quedarse ahí, fumando en el balcón. ¿A quién se le ocurriría hacer esas cosas? Se encogió de hombros, angustiado. La noche se había hecho para dormir y se sentía viviendo a contramano. Solamente él se sentía despierto en medio del enorme silencio de la ciudad dormida. Un silencio que lo hacía moverse con cierto sigiloso cuidado, como si pudiera despertar a alguien. Se cuidaría muy bien de no contárselo a su socio de la ferretería porque lo cargaría un año entero por esa ocurrencia de lustrarse los zapatos en medio de la noche. En este país donde uno aprovechaba cualquier oportunidad para joder a los demás y pasarla bien a costillas ajenas había que tener mucho cuidado para conservar la dignidad. Si uno se descuidaba lo llevaban por delante, lo aplastaban como a una cucaracha. Estornudó. Si estuviera su mujer ya le habría hecho uno de esos tés de yuyos que ella tenía y santo remedio. Pero suspiró desconsolado. Su mujer y su hijo se habían ido a pasar el fin de semana a la quinta de Paso del Rey llevándose a la sirvienta así que estaba solo en la casa. Sin embargo, pensó, no le iban tan mal las cosas. No podía quejarse de la vida. Su padre había sido un cobrador de la luz, un inmigrante que se había muerto de hambre sin haber llegado a nada. El señor Lanari había trabajado como un animal y ahora tenía esa casa del tercer piso cerca del Congreso, en propiedad horizontal, y hacía pocos meses había comprado el pequeño Renault que estaba abajo, y había gastado una fortuna en los hermosos apliques cromados de las portezuelas. La ferretería de la Avenida de Mayo iba muy bien y ahora tenía también la quinta de fin de semana donde pasaba las vacaciones. No podía quejarse. Se daba todos los gustos. Pronto su hijo se recibiría de abogado y seguramente se casaría con alguna chica distinguida. Claro que había tenido que hacer muchos sacrificios. En tiempos como éstos, donde los desórdenes políticos eran la rutina, había estado al borde de la quiebra. Palabra fatal que significaba el escándalo, la ruina, la pérdida de todo. Había tenido que aplastar muchas cabezas para sobrevivir porque si no, hubieran hecho lo mismo con él. Así era la vida. Pero había salido adelante. Además cuando era joven tocaba el violín y no había cosa que le gustase más en el mundo. Pero vio por delante un porvenir dudoso y sombrío lleno de humillaciones y miseria y tuvo miedo. Pensó que se debía a sus semejantes, a su familia, que en la vida uno no podía hacer todo lo que quería, que tenía que seguir el camino recto, el camino debido y que no debía fracasar. Y entonces todo lo que había hecho en la vida había sido para que lo llamaran “señor”. Y entonces juntó dinero y puso una ferretería. Se vivía una sola vez y no le había ido tan mal. No señor. Ahí afuera, en la calle, podían estar matándose. Pero él tenía esa casa, su refugio, donde era el dueño, donde se podía vivir en paz, donde todo estaba en su lugar, donde lo respetaban. Lo único que lo desesperaba era ese insomnio. Dieron las cuatro de la mañana. La niebla era espesa. Un silencio pesado había caído sobre Buenos Aires. Ni un ruido. Todo en calma. Hasta el señor Lanari tratando de no despertar a nadie, fumaba, adormeciéndose.

De pronto una mujer gritó en la noche. De golpe. Una mujer aullaba a todo lo que daba como una perra salvaje y pedía socorro sin palabras, gritaba en la neblina, llamaba a alguien, gritaba en la neblina, llamaba a alguien, a cualquiera. El señor Lanari dio un respingo, y se estremeció, asustado. La mujer aullaba de dolor en la neblina y parecía golpearlo con sus gritos como un puñetazo. El señor Lanari quiso hacerla callar, era de noche, podía despertar a alguien, había que hablar más bajo. Se hizo un silencio. Y de pronto gritó de nuevo, reventando el silencio y la calma y el orden, haciendo escándalo y pidiendo socorro con su aullido visceral de carne y sangre, anterior a las palabras, casi un vagido de niña, desesperado y solo.

El viento siguió soplando. Nadie despertó. Nadie se dio por enterado. Entonces el señor Lanari bajó a la calle y fue en la niebla, a tientas, hasta la esquina. Y allí la vio. Nada más que una cebecita negra sentada en el umbral del hotel que tenía el letrero luminoso “Para Damas” en la puerta, despatarrada y borracha, casi una niña, con las manos caídas sobre la falda, vencida y sola y perdida, y las piernas abiertas bajo la pollera sucia de grandes flores chillonas y rojas y la cabeza sobre el pecho y una botella de cerveza bajo el brazo.

—Quiero ir a casa, mamá —lloraba—. Quiero cien pesos para el tren para irme a casa.

Era una china que podía ser su sirvienta sentada en el último escalón de la estrecha escalera de madera en un chorro de luz amarilla.

El señor Lanari sintió una vaga ternura, una vaga piedad, se dijo que así eran estos negros, qué se iba a hacer, la vida era dura, sonrió, sacó cien pesos y se los puso arrollados en el gollete de la botella pensando vagamente en la caridad. Se sintió satisfecho. Se quedó mirándola, con las manos en los bolsillos, despreciándola despacio.

—¿Qué están haciendo ahí ustedes dos? —la voz era dura y malévola. Antes de que se diera vuelta ya sintió una mano sobre su hombro.

—A ver, ustedes dos, vamos a la comisaría. Por alterar el orden en la vía pública.

El señor Lanari, perplejo, asustado, le sonrió con un gesto de complicidad al vigilante.

—Mire estos negros, agente, se pasan la vida en curda y después se embroman y hacen barullo y no dejan dormir a la gente.

Entonces se dio cuenta de que el vigilante también era bastante morochito pero ya era tarde. Quiso empezar a contar su historia.

—Viejo baboso —dijo el vigilante mirando con odio al hombrecito despectivo, seguro y sobrador que tenía adelante—. Hacete el gil ahora.

El voseo golpeó al señor Lanari como un puñetazo.

—Vamos. En cana.

El señor Lanari parpadeaba sin comprender. De pronto reaccionó violentamente y le gritó al policía.

—Cuidado señor, mucho cuidado. Esta arbitrariedad le puede costar muy cara. ¿Usted sabe con quién está hablado? —Había dicho eso como quien pega un tiro en el vacío. El señor Lanari no tenía ningún comisario amigo.

—Andá, viejito verde andá, ¿te creés que no me di cuenta que la largaste dura y ahora te querés lavar las manos? —dijo el vigilante y lo agarró por la solapa levantando a la negra que ya había dejado de llorar y que dejaba hacer, cansada, ausente y callada mirando simplemente todo. El señor Lanari temblaba. Estaban todos locos. ¿Qué tenía que ver él con todo eso? Y además ¿qué pasaría si fuera a la comisaría y aclarara todo y entonces no le creyeran y se complicaran más las cosas? Nunca había pisado una comisaría. Toda su vida había hecho lo posible para no pisar una comisaría. Era un hombre decente. Ese insomnio había tenido la culpa. Y no había ninguna garantía de que la policía aclarase todo. Pasaban cosas muy extrañas en los últimos tiempos. Ni siquiera en la policía se podía confiar. No. A la comisaría no. Sería una vergüenza inútil.

—Vea agente. Yo no tengo nada que ver con esta mujer —dijo señalándola. Sintió que el vigilante dudaba. Quiso decirle que ahí estaban ellos dos, del lado de la ley y esa negra estúpida que se quedaba callada, para peor, era la única culpable.

De pronto se acercó al agente que era una cabeza más alto que él, y que lo miraba de costado, con desprecio, con duros ojos salvajes, inyectados y malignos, bestiales, con grandes bigotes de morsa. Un animal. Otro cabecita negra.

—Señor agente — le dijo en tono confidencial y bajo como para que la otra no escuchara, parada ahí, con la botella vacía como una muñeca, acunándola entre los brazos, cabeceando, ausente como si estuviera tan aplastada que ya nada le importaba.

—Vengan a mi casa, señor agente. Tengo un coñac de primera. Va a ver que todo lo que le digo es cierto —y sacó una tarjeta personal y los documentos y se los mostró—. Vivo ahí al lado —gimió casi, manso y casi adulón, quejumbroso, sabiendo que estaba en manos del otro sin tener ni siquiera un diputado para que sacara la cara por él y lo defendiera. Era mejor amansarlo, hasta darle plata y convencerlo para que lo dejara de embromar.

El agente miró el reloj y de pronto, casi alegremente, como si el señor Lanari le hubiera propuesto una gran idea, lo tomó a él por un brazo y a la negrita por otro y casi amistosamente se fue con ellos. Cuando llegaron al departamento el señor Lanari prendió todas las luces y le mostró la casa a las visitas. La negra apenas vio la cama matrimonial se tiró y se quedó profundamente dormida.

Qué espantoso, pensó, si justo ahora llegaba gente, su hijo o sus parientes o cualquiera, y lo vieran ahí, con esos negros, al margen de todo, como metidos en la misma oscura cosa viscosamente sucia; sería un escándalo, lo más horrible del mundo, un escándalo, y nadie le creería su explicación y quedaría repudiado, como culpable de una oscura culpa, y yo no hice nada mientras hacía eso tan desusado, ahí a las 4 de la madrugada, porque la noche se había hecho para dormir y estaba atrapado por esos negros, él, que era una persona decente, como si fuera una basura cualquiera, atrapado por la locura, en su propia casa.

—Dame café — dijo el policía y en ese momento el señor Lanari sintió que lo estaban humillando. Toda su vida había trabajado para tener eso, para que no lo atropellaran y así, de repente, ese hombre, un cualquiera, un vigilante de mala muerte, lo trataba de che, le gritaba, lo ofendía. Y lo que era peor, vio en sus ojos un odio tan frío, tan inhumano, que ya no supo qué hacer. De pronto pensó que lo mejor sería ir a la comisaría porque aquel hombre podría ser un asesino disfrazado de policía que había venido a robarlo y matarlo y sacarle todas las cosas que había conseguido en años y años de duro trabajo, todas sus posesiones, y encima humillarlo y escupirlo. Y la mujer estaba en toda la trampa como carnada. Se encogió de hombros. No entendía nada. Le sirvió café. Después lo llevó a conocer la biblioteca. Sentía algo presagiante, que se cernía, que se venía. Una amenaza espantosa que no sabía cuándo se le desplomaría encima ni cómo detenerla. El señor Lanari, sin saber por qué, le mostró la biblioteca abarrotada con los mejores libros. Nunca había podido hacer tiempo para leerlos pero estaban allí. El señor Lanari tenía cultura. Había terminado el colegio nacional y tenía toda la historia de Mitre encuadernada en cuero. Aunque no había podido estudiar violín tenía un hermoso tocadiscos y allí, posesión suya, cuando quería, la mejor música del mundo se hacía presente.

Hubiera querido sentarse amigablemente y conversar de libros con el hombre. Pero ¿de qué libros podría hablar con ese negro? Con la otra durmiendo en su cama y ese hombre ahí frente suyo, como burlándose, sentía un oscuro malestar que le iba creciendo, una inquietud sofocante. De golpe se sorprendió de que justo ahora quisiera hablar de libros y con ese tipo. El policía se sacó los zapatos, tiró por ahí la gorra, se abrió la campera y se puso a tomar despacio.

El señor Lanari recordó vagamente a los negros que se habían lavado alguna vez las patas en las fuentes de plaza Congreso. Ahora sentía lo mismo. La misma vejación, la misma rabia. Hubiera querido que estuviera ahí su hijo. No tanto para defenderse de aquellos negros que ahora se le habían despatarrado en su propia casa, sino para enfrentar todo eso que no tenía ni pies ni cabeza y sentirse junto a un ser humano, una persona civilizada. Era como si de pronto esos salvajes hubieran invadido su casa. Sintió que deliraba y divagaba y sudaba y que la cabeza le estaba por estallar. Todo estaba al revés. Esa china que podía ser su sirvienta en su cama y ese hombre del que ni siquiera sabía a ciencia cierta si era un policía, ahí, tomando su coñac. La casa estaba tomada.

—Qué le hiciste — dijo al fin el negro.

—Señor, mida sus palabras. Yo lo trato con la mayor consideración. Así que haga el favor de ... —el policía o lo que fuera lo agarró de las solapas y le dio un puñetazo en la nariz. Anonadado, el señor Lanari sintió cómo le corría la sangre por el labio. Bajó los ojos. Lloraba. ¿Por qué le estaba haciendo eso? ¿Qué cuentas le pedían? Dos desconocidos en la noche entraban en su casa y le pedían cuentas por algo que no entendía y todo era un manicomio.

—Es mi hermana. Y vos la arruinaste. Por tu culpa, ella se vino a trabajar como muchacha, una chica, una chiquilina, y entonces todos creen que pueden llevársela por delante. Cualquiera se cree vivo ¿eh? Pero hoy apareciste, porquería, apareciste justo y me las vas a pagar todas juntas. Quién iba a decirlo, todo un señor...

El señor Lanari no dijo nada y corrió al dormitorio y empezó a sacudir a la chica desesperadamente. La chica abrió los ojos, se encogió de hombros, se dio vuelta y siguió durmiendo. El otro empezó a golpearlo, a patearlo en la boca del estómago, mientras el señor Lanari decía no, con la cabeza y dejaba hacer, anonadado, y entonces fue cuando la chica despertó y lo miró y le dijo al hermano:

—Este no es, José. — Lo dijo con una voz seca, inexpresiva, cansada, pero definitiva. Vagamente el señor Lanari vio la cara atontada, despavorida, humillada del otro y vio que se detenía bruscamente y vio que la mujer se levantaba, con pesadez, y por fin, sintió que algo tontamente le decía adentro “Por fin se me va este maldito insomnio” y se quedó bien dormido. Cuando despertó, el sol estaba tan alto y le dio en los ojos, encegueciéndolo. Todo en la pieza estaba patas arriba, todo revuelto y le dolía terriblemente la boca del estómago. Sintió un vértigo, sintió que estaba a punto de volverse loco y cerró los ojos para no girar en un torbellino. De pronto se precipitó a revisar los cajones, todos los bolsillos, bajó al garaje a ver si el auto estaba todavía, y jadeaba, desesperado a ver si no le faltaba nada. ¿Qué hacer?, a quién recurrir? Podría ir a la comisaría, denunciar todo, pero ¿denunciar qué? ¿Todo había pasado de veras? “Tranquilo, tranquilo, aquí no ha pasado nada”, trataba de decirse pero era inútil: le dolía la boca del estómago y todo estaba patas para arriba y la puerta de calle abierta. Tragaba saliva. Algo había sido violado. “La chusma, dijo para tranquilizarse, ”hay que aplastarlo, aplastarlo”, dijo para tranquilizarse. “La fuerza pública”, dijo, “tenemos toda la fuerza pública y el ejército”, dijo para tranquilizarse. Sintió que odiaba. Y de pronto el señor Lanari supo que desde entonces jamás estaría seguro de nada. De nada.

Germán Rozenmacher

miércoles, 26 de enero de 2011

Haruki Murakami

Que groso este tipo, una lectura distinta, simple. Una historia, protagonista, hombre, mujer, en Tokio, en la montaña, no importa dónde, mientras Haruki esté escribiendo.
Volver a la lectura con Murakami es maravilloso, porque te enganchás y te enganchás.

Que feo es terminar un libro, siempre lo odié. Y bue. Los finales de Murakami son buenos, muy buenos. Y no es fácil encontrar un buen final de novela, uno que no sea feliz feliz, o que no te deje en ascuas. Uno que sea digno del desarrollo, no es fácil. Haruki logra finalizar sus novelas con equilibrio literario. Terminó, sí, pero agradable final.

Ojo! Estas líneas están basadas en "Tokio Blues" y en el comienzo de "Sputnik, mi amor". Pero me basta. Porque sé que termino Sputnik y me voy a Distal de Flores. No sé, en este momento me sienta bien Haruki.

Seba me lo regaló para mis 25, hace ya casi un año, y me restaba "La isla bajo el mar", tener a Luca ("tener" de parir), "América latina, despertar de un continente", por el Che, y ser madre primeriza, y, y, y... por eso lo empecé en diciembre y lo devoré.

Todo esta sanata para recomendar un escritor.

domingo, 16 de mayo de 2010

Cuento de domingo

Los Lunares de Isabel

- Vamos a un show. Y me siento en una butaca roja, en el palco. Y a los quince minutos, ¡plaf!, el tipo me agarra del brazo…

- No me hables en presente histórico. Esa manía que tenés de contar todo como en estado hipnótico… Encima mirás abajo a la derecha, después arriba a la izquierda como si mirar el techo te ayudara a recordar…

(Y encima no deja de mover las manos, y ahí se prende otro porque le molestó mi observación; y se calla y me mira con esos ojos pintarrajeados; y se le caen las ceniz
as en las sábanas; menos mal
que ya me voy)


- Últim
amente te molesta todo, poneme una media en la boca, hacé lo tuyo y andate.

(No estaría mal, pero ya hice lo mío. Me fumo éste y me las tomo)

- No me mires así Ruli…

(Y
a te dije, detesto que me llames así… no respondo, no, no te respondo eh)

- … Raúl, ¿qué te pasa?


- Nada. No voy a venir más. Tomá.

Dejó la plata en la mesa de luz y se fue con el cigarro en función. Ya era el colmo. Discutir con una prostituta. Hace dos años, siempre con ella. Fiel a una prostituta. Cosa de locos. “Vamos a un show, y me siento en una butaca…” ¿pero qué clase de habla
es esa? “Entonces el tipo me mira y me dice: el otro día, estoy jugando al bowling, y aparece la moza y me cuenta: ayer, estoy trayendo dos cervezas, pasa un tiempo y me tira todo; la cerveza está volando por el aire, y viene el jefe y…” Dios mio. Esta gente y su presente histórico. Todo les está pasando ya, si no fuera por la aclaración anclaje temporal el otro día, hace dos años, ayer. ¿Cómo hacen para contar lo que tienen que hacer mañana? Presente Futuro: Mañana, estoy llevando el auto al mecánico, busco la nena en el jardín, le compro flores a mi mujer… “¡Pero cuantas seguridades che! Cuando se compraron la casa, a estos les regalaron cien mañanas eh.

En vez de alegrarme, relajarme, loqueseame, esta mina me pone de mal humor. No, no voy más. Y que le pague Dios si le debo algo. Aparte, ya todo me era familiar ahí adentro. Los cuadritos de bazar, los sillones felpudos y duros, la administradora, los lunares de Isabel, la boca de Isabel, el pelo pelirrojo de Isabel. Chau Isabel. Chau presente histórico de Isabel. Chau frazaditas baratas y alfombras apestosas.

Los lunares de Isabel. Incontables. Una vez lo intenté, en una que se quedó dormida y dejó de mover las manos. Iba doce hasta que abrió un ojo y se me quedó mirando. Ahí le descubrí otro adentro del ojo verde. Y abrió el otro y se dio vuelta. Y me fui, claro. No vaya a pensar que la miraba dormida, si es una prostituta. Está amaneciendo. Deprimente. Desolador. Magnífico, un café.

- Un café.


Despierta Buenos Aires, espero con ansias otro día tedioso. Asi que Raúl, chau Isabel. Por fin pibe. ¿Qué te decís pibe si vas a cumplir 37? Sí, Isabel te decía como te decía, pero ni vos te la creés.

- El café.


Por fin, estoy que me duermo. ¿Cómo me dijo Isabel la primera vez? Sólo el amor me haría renunciar. Sí, algo así. ¿Y qué le dije yo? ¿Siempre contás lo que nadie te pregunta? Qué duro Raúl, pobre mina. Pero era terca eh, ahí nomás arrancó: mi sueño es este: yo salgo de acá, son las ocho de la mañana, y el me está esperando en frente, porque se enamoró, le costó darse cuenta y reconocerlo, yo lo entiendo eh, y yo también me enamoré, y que se yo, te juro que renuncio. Y como era la primera vez y me gustó, y era la más linda y simpática, le sonreí y me fui pensando en la prostituta que quiere enamorarse o salvarse o qué. Y al mes volví. Hola Isabel. ¿Cómo te acordás mi nombre? Soy memorioso, nada más. Y de nuevo al mes. Y al otro. Y cada dos semanas. Y así.
Y ahora se demasiado de ella. Y ella algo de mí. No podía ser. Aparte, ese presente histórico. No podía ser que el otro día yo mismo, ¡Por Dios, yo mismo!, hablándole así al Turco. ¿Sabés porqué me fui Isabel? Por que te conté trece lunares, sos yeta. No, si hoy te descubrí dos más. Quince lunares, dos pegaditos en el hombro, uno más chiquito color beige. ¿Sos locutor? Tenés una voz preciosa, me dijo la segunda vez. Una media en la boca, ¿cómo me va a decir eso? Bueno Raúl, basta de Isabel.

- Tome, quédese con el vuelto.

Raúl caminó dos cuadras hasta la plaza azul y se sentó en un banco. Ya eran casi las ocho de la mañana. Cuando logró parar el pensamiento interminable de su cabeza, se quedó semidormido. Se despertó a lo cinco minutos buscando una mano y creyendo que habían pasado dos horas. Sin abrir los ojos se reconoció solo en un banco de plaza. Se estiró como para irse hasta que vio acercarse dos largas piernas y un sobretodo negro. Isabel venía sonriendo, con el pelo en un rodete y la cara lavada. Lo miraba y sonreía, paso a paso, y sonreía. Raúl no pudo descifrar porqué se alegró, y cuando ella, sin decirle nada, se le sentó al lado, le descubrió otro lunar atrás de la oreja, siempre tapado por el pelo. La miró sonriendo y pensó
cuántos lunares, Isabel.

"Entrelunas"
Sept. '08

domingo, 25 de abril de 2010

La Revolución según Aguinis


En junio del año pasado arribaba la Dra. Hilda Molina a nuestro país. Su caso era conocido por ser una disidente a la revolución encerrada en la Isla. Una neurocirujana que había trabajado con el Gobierno cubano hasta 1994, año en que rompió relaciones, por no coincidir en las políticas que se estaban llevando a cabo en la salud pública. En su versión de los hechos, Hilda Molina cuénta que no compartió el hecho de priviligiar la atención a extranjeros, porque pagaban en dólares, antes que a los cubanos.
Eso es lo que no llegaba a nosotros, argentinos.

Pero del otro lado de la isla están quienes cuentan otros motivos. Muchos la repudian por su trabajo como médica: Su tarea en el CIREN es hasta hoy repudiada por diferentes organizaciones por experimentar con fetos vivos. El CIREN, a cargo de la Dra. Hilda Molina, descubrió la "sustancia nigra fetal", constituida por células espinales y tejido neuronal de embriones humanos. Esta sustancia, para lograr efectos regenerativos en el tejido nervioso de adultos, debe ser transplantada desde un embrión humano vivo. Fragmento de un artículo del Diario argentino Nuevo Siglo, 2007.

Se dice
también que la Dra. quiso irse del país con plata del Estado cubano, algo como 25 mil dólares.

Pero quién sabe.

El viernes pasado la Dra. Molina no pudo presentar su verdad en la Feria del Libro, causa del segundo escrache que le hacen desde que está en nuestro país.
Que no se aflija tanto, Editorial Planeta se encargará de vender su libro contra viento y marea.
Así como Sudamericana distribuye la vasta bibliografía de nuestro querido cordobés Marcos Aguinis, que se lamenta por su patria, que no es la mía, porqué andá a saber en qué burbuja vive ese hombre.

En 2008, Aguinis publica La pasión según Carmela. En una entrevista realizada por Gabriel Silva, cuenta el autor: “Carmela, (…) en cierta forma le hace un homenaje a una mujer viva que está sufriendo una injusticia atroz y que es Hilda Molina. Porque Carmela es una médica que se especializa en neurocirugía -la misma especialidad que he tenido yo y que ha ejercido Hilda Molina- o sea que indirectamente es un homenaje a esta abuela que está padeciendo una violación a los derechos humanos que es conocer a sus nietos que nacieron y viven en la Argentina.”

En junio del año pasado escribí finalizando la Licenciatura en Periodismo un ensayo sobre la última novela de Marcos Aguinis, La pasión según Carmela, mezcla de ficción y de historia cubana, o de historia aguiniana sobre la Revolución del '59.
En el ensayo me aboqué a la parcialización de hechos que el autor realiza para construir su historia, en un momento histórico que no resulta azaroso.

A quien le interese, dejo el ensayo completo realizado para la materia Periodismo y Literatura, de la Facultad de Cs. Sc. de la Universidad Nacional de Lomas de Zamora.

Aquí la versión para descargar

Aquí, texto completo, versión lectura online: La Revolucion Segun Aguinis

jueves, 25 de febrero de 2010

Soledad



Le fui a quitar el hilo rojo que tenía sobre el hombro, como una culebrita. Sonrió y puso la mano para recogerlo de la mía. Muchas gracias, me dijo, muy amable, de dónde es usted. Y comenzamos una conversación entretenida, llena de vericuetos y anécdotas exóticas, porque los dos habíamos viajado y sufrido mucho. Me despedí al rato, prometiendo saludarle la próxima vez que le viera, y si se terciaba tomarnos un café mientras continuábamos charlando.

No sé qué me movió a volver la cabeza, tan sólo unos pasos más allá. Se estaba colocando de nuevo, cuidadosamente, el hilo rojo sobre el hombro, sin duda para intentar capturar otra víctima que llenara durante unos minutos el amplio pozo de su soledad.

Pedro de Miguel


domingo, 7 de febrero de 2010

Un cuento para tu lluvia


Es que creer en Fidel es necesario Morell, como quien deja de buscar pelos al huevo – decía Raquel con las manos inquietas, pitando una y otra vez. Y yo sabía cómo terminaban aquellas charlas. Es que ella no soportaba que yo opinara distinto, consideraba la amistad, o el amor, como una balanza totalmente equilibrada, como X igual a X. Al segundo mes de convivencia supe que su terquedad podría más que cualquier sensatez, por lo que me incliné a la resignación, a la sonrisa suave, a tomarle una mano y acariciarla mientras ella se encendía con cada palabra, revoloteando su mirada en mí, en la ventana, en el cuadro del Che.

Durante cinco años la deseé como a nadie, pero de una manera que Raquel ni siquiera lo sospechó. Me creí el cuento del buen enamorado, con óptimos resultados. Noches y noches de lecturas, whisky, Tiersen y cigarros. Ella iba por ahí, y a mí me quedaba exacto.

La fortaleza de la isla, el empeño del viejo, y la mierda que nos rodea, yo lo necesito Morell, yo creo en Fidel. ¿Por qué me miras así? ¿Vos no? ¿Desde cuándo pensamos distinto nosotros? Era el momento, le tomé la mano, le acaricié los dedos largos, y la besé con los ojos. Decime, Morell. Entonces la llevé a la cama.

La amaba tanto, pero no pude enseñarle a aceptarme, aceptar cualquier otro. Mis tácticas fueron estrategias de evitar cualquier enfrentamiento cotidiano. Eso de amoldarse no iba para Raquel, pobrecita, Raquel.

La consentía, hace poco puedo decirlo. Es que decirlo y aceptarlo, es saberme en parte culpable. Cuántos repasadores quemó porque yo nunca le dije lo peligroso de dejarlos cerca de la hornalla, pero ella se reía, y mi reto era la sonrisa suave, morderme el labio entre la sonrisa suave. Y ella se reía más, porque le gustaba mi complicidad o el reto-sonrisa. No me pueden culpar por haberme enamorado. A fin de cuentas, mi aporte fue de enamorado.

Dejé que llevara a Tobías, el perro, al casamiento de mi hermana. El animal, que vivía encerrado en un departamento, corrió por todo el salón, apenas pude convencerla para que lo dejemos afuera. Cuando el sol se entrometió en la fiesta salimos a buscarlo, pero sólo encontramos los destrozos que Tobías había hecho en el cuidado parque, en los finos canteros, en las nomeolvides, y de él, ni rastro. Raquel lloró todo el camino a casa, y repetía “a Tobías Dos te juro que lo cuido, qué estúpida que soy”. Pero a Tobías Dos se lo llevó con ella al mercado y lo pisó un auto. ¿Qué podía hacer yo? Dejé pasar un mes y le traje a Tobías Tres, pobre Raquel.


El día que nos mudamos estaba tan feliz, tan hermosa. Teníamos una cama, un sillón y una radio con pasa cassette. Nos sentamos en el piso con café y un atado, decidimos que así sería la inauguración. El café nos desveló, de manera que a las tres de la mañana salí a comprar cigarrillos, y unos chocolates. Era invierno. Raquel se quedó descalza en el balcón. Cuando me vio cruzando la calle me gritó que no olvide los preservativos, pero yo los olvidé. Esa noche quedó embarazada. Qué te hice Raquel… una nena y una nena.

Te arrancaron de mis brazos. Era miércoles, yo había llegado hacía un rato. Vos estabas con la panza, preciosa. Y te llevaron igual, no les importó nada.

De ahí en más yo trabajo, juego con Ana, como, me baño. Soy una rutina fría. Pienso que sin vos no podría hacerlo, pero allí estás, todos los días, descalza en el balcón, y sabés que estoy ahí, espiándote, atrás del álamo. Ana sólo te ve los sábados, y vos le sonreís, como hacías con cada niño, con cada perro en la calle. Estás flaca, pálida, tus ojos se apagaron. Pero yo te amo tanto, Raquel. Yo voy todos los días a espiarte, y me ves. Los sábados tomamos el té, hasta que vos te aburrís y seguís al muchacho de pelo largo. Decís que él es el papá de tu muñeca. Y yo los miro mientras se alejan por los pasillos celestes, de la mano y en pantuflas.

P.S.P.
X’09


...

miércoles, 3 de febrero de 2010

Porteño en La Boca

La lluvia trajo un poco de alivio a esta cabeza, que hoy prefiere un poco de poesía para compartir...

De un paseo por La Boca.





Rivera

Huele a tango en la rivera
A pisadas con boinas
A rieles muertos y oxidados
Huele blanco y negro

Duele esa perla recubierta
Esquinada, amuchada
De ayer y de hoy
Duele blanca y negra

Mueren las mil fotos que no vimos
Sobre el monstruo colosal de la rivera
Y las diminutas vidas
Que mueren de pasadas que son


Paula
06 / 09



Compaginación/Imágenes: Paula
Tema del video: Eleni Karaindrou (BSO "La Eternidad y un día")


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