"Decidí que, de todos mis oficios terrestres, el violento oficio de escritor era el que más me convenía"
Rodolfo Walsh

sábado, 10 de abril de 2021

La muerte del Príncipe Felipe en tiempos de Netflix

 A dos meses de cumplir 100 años, el pasado viernes 9 de abril  se murió el príncipe Felipe, Philipe, o el Príncipe de Edimburgo. Y si no fuera por Netflix, millones menos hubieran reconocido estos nombres en las infinitas pantallas que nos rodean. 


The Crown es la serie que relata la historia de la familia real de Gran Bretaña, y detrás de ella, vienen los documentales para saciar la curiosidad del público. 


Claro que fui una de ellxs. De hecho, mientras el longevo príncipe se moría, yo miraba el episodio 3 de The Royal House of Windsor, titulado El Forastero. “Frustrado por tener que renunciar a su carrera naval a cambio de toda una vida de seguir a su esposa, el príncipe Felipe canaliza toda su energía para convertirse en la persona más innovadora y radical de los Windsor”, son las palabras que describen el capítulo. 


Reina Isabel II, Princesa Margarita,
Reina Madre, Felipe de Edimburgo

La noticia de su muerte me la dio mi hermana por Instagram, “MURIOOO”, y una foto del joven príncipe. Claro, fue uno de nuestros temas de conversación durante las últimas semanas, como suelen ser los temas de cientos y cientas tras la pregunta “qué estás mirando en Netflix?”. 

NOOO, fue mi respuesta, “lpm quiero llorar”, dije más adelante. Un minuto después seguí trabajando y chau Felipe. 


Lo que despierta mis ganas de escribir estas líneas son justamente esa parte mía dónde, emoción de lado, reflexiona sobre la nunca pasada de moda Industria Cultural. Esa maquinaria del siglo XX siempre al servicio de legitimar al poder de turno. De naturalizarlo, de insertar sus valores e ideologías de manera sutil en nuestras cotidianidades. Esa extraordinaria y maquiavélica forma de moldear los intereses del pueblo, a imagen y semejanza de los intereses de los poderosos. Hegemonía pura, diría el filósofo, Don Gramsci. 



Como si tuviéramos la más mínima conexión con la monarquía británica, nos hicimos eco de la noticia. Netflix nos dio los mil y un detalle de Felipe, de lo que nos quisieron contar de él; hasta nos hicieron empatizar con la pobre reina Isabel II que no podía llorar, que tuvo que responder a la corona joven tan joven luego de la muerte de su padre, Jorge VI, en 1952, quién se enfermó luego de tener que asumir repentinamente el reinado de los Windsor, porque su hermano, Eduardo VIII, abdicó a la corona en 1936 por elegir el amor con Wally Simpson, una estadounidense divorciada, y así y así y así, sin darnos cuenta, nos metieron a la familia real por todos lados. 


Las causalidades de qué hacer y cuándo hacerlo quedaron más en evidencia luego de ayer. “Justo estaba mirando esto cuando murió Felipe”, pensé. Pero un día después creo que a esa oración le sobra la palabra “justo”. No hay casualidades. Creo que toda la saga de la familia real llega en el momento exacto: el de las muertes y los enroques de la monarquía en Gran Bretaña. 


2012, la reina Isabel II, junto al príncipe Felipe, espera en la Cámara de los Lores para leer el Discurso de la Reina a los legisladores en Londres. Foto de AP/Alastair Grant




La naturaleza indicaría que en algún tiempo la reina Isabel II, de 94 años, morirá. Su sucesor al trono será el príncipe de Gales, Carlos. Quienes siempre quisimos a la difunta Lady Di, odiamos al príncipe Carlos. Pero ahora sabemos que a fin de cuentas fue un niño que creció rodeado de lujos y sin una gota de amor, que su malvada amante Camilla Parker era en realidad un amor que le negaron en su juventud, que tiene una fundación para ayudar a los más desvalidos pipipipi y que se mete con temas polémicos que muchas veces hicieron enojar a su familia. Un pobre pibe como todos los pobres pibes y pibas que nacieron en esa familia. 


En blanco y negro toda esta historia sería genial. Lo que pasa, queridxs lectores, es que el mundo hace tiempo se volvió a color. Y, a pesar de que adoro los castillos, seguir hablando de monarquías y reinados, carruajes laminados en oro, capas rojas y coronas, en pleno siglo XXI, resulta más bien un desfasaje de mundos y eras.


La monarquía, el inminente reinado de Carlos, deberá aggiornarse a nuestros tiempos para sobrevivir, sería a grandes rasgos la conclusión de Netflix. Pero más bien deberíamos preguntarnos si el pueblo de Gran Bretaña, se hará alguna vez las preguntas correctas, más allá de su inexplicable fanatismo por el cuento de hadas. Cómo y porqué sostener la millonaria vida de la enorme familia real, con qué sentido, y en qué los beneficia, son algunas que llegan rápidamente a mi cabeza, mientras trato de entender, cómo la anticuada Industria Cultural puede todavía tener tanta vigencia. 


Ya me levanté del shock de la emoción, que duró unos segundos, ya me devoré todos los documentales y ficciones, ya vi el Palacio de Windsor en vivo desde afuera. El paso siguiente a la emoción tiene que ser la razón, salirse de Netflix por un rato para decirle que no, que no me hizo empatizar al punto de creer que la monarquía tiene que seguir, porque … no encuentro porqués.


Yo no sé en el resto de la humanidad, pero en mi caso, el tiro les salió por la culata Netflix, porque los humanos y humanas que habitan esos castillos pueden caerme mejor que antes, puede que me hayan humanizado aquellos personajes, puede que sea una buena técnica, pero así como me gusta el chocolate y nunca me dejará de gustar, creo que la monarquía es un obsoleto, ostentoso y anticuado mundillo que se tiene que terminar. Dios salve a les súbdites.

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